Argumento de los cuentos de la obra "El Aleph" (tercera parte)

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Otros argumentos de los cuentos de la obra "El Aleph"

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La busca de Averroes:

La historia transcurre en Córdoba, España, durante la edad media, cuando aún estaba en poder de los árabes. Allí, Averroes trabaja con una traducción de Aristóteles y con el desvelo de lograr comprender los conceptos de tragedia y comedia. Largos párrafos transcriben las meditaciones del personaje hasta que el mismo es distraído por el canto de unos niños que juegan en la calle haciendo pantomimas; Averroes ignora que ha presenciado la pista esencial para comprender los términos conflictivos, pero él no conoce lo que es el teatro. Su ignorancia continúa; reunido con un viajante con quien discurre sobre nominalismo, realismo, cuestiones teológicas, etc, es testigo e la narración de un acontecimiento teatral que Averroes sigue sin poder comprender ni remotamente. De aquí en más Borges se mete a divagar por la creación poética arábiga. Averroes regresa a su hogar con el fracaso a cuestas y con todo lo que esto implica filosóficamente. Averroes no logra comprender los conceptos expuestos pues para ello debió comprender el teatro; Averroes deja de ser Averroes cuando Borges deja de pensarlo. Una línea causal que Borges utiliza para patentizar ciertos absurdos: cómo definir una cosa sin conocer la definición del concepto con que se define la misma; la idea de tragedia y comedia implican una previa idea de teatro; la idea sobre Averroes implica que Borges sospeche, aunque sea, sobre conceptos definitorios de él, lo que no resulta muy posible. Imaginar un hombre sólo es admisible luego de conocer infinita cantidad de historias anteriores a él.



El Zahir:

El zahir es una moneda de veinte centavos, circulante durante la década del veinte en Argentina (en otros lugares el zahir consistió en otros elementos), que llega a las manos de Borges. El cuento describe que un día antes, Teodolina Villar, mujer perfeccionista si las hubo, murió. Sumamente estructurada y encajada a la moda en todos los órdenes de su vida, era una mujer cruzada en su interior por la desesperación, que la llevaba a cambiar su aspecto constantemente. Sumida en la miseria se retiró a la soledad de su hogar, lejos del público, dado que ya no podía ser el eco de la moda parisina. Borges confiesa haber estado enamorado de ella y haber asistido al velorio. A altas horas de la noche abandonó el mismo con el dolor a cuestas hasta un almacén de esquina donde bebió una caña, recibiendo como vuelto de su pago un zahir. Aquí el autor divaga sobre el concepto de dinero en tanto el Borges personaje deambula en un taxi hacia su casa; una vez allí intenta conciliar un sueño esquivo, plagado de inquietud. La moneda fue el centro causal y decidió deshacerse de ella; para ello viajó al azar hasta una calle desconocida con un bar ignoto y pagó el consumo con el zahir, regresó a su casa y volvió a intentar dormir. Un tiempo después el Borges de la historia se dedica a escribir sobre un personaje, que además de haber matado a su padre, ha sido comisionado al cuidado de un tesoro por el que vela día y noche sin descanso. Por un tiempo logró olvidar la moneda pero poco a poco el zahir pasó a ocupar todo su pensamiento, como una obsesión cada vez más aterradora. La tortura de estar todo el día obnubilado por el recuerdo de la moneda lo llevó a consultar a un psiquiatra y a buscar algún libro que tratara sobre el tema. El insomnio se aferraba y se asentaba más que nunca. En un libro halló lo que buscaba y la confirmación de su desgracia; allí se reunían todos los documentos relacionados con el zahir, una vieja superstición, una creencia islámica de siglos pasados. Descubre que zahir es uno de los noventa y nueve nombres de Dios y que se trata de objetos (un tigre, un astrolabio, una moneda, etc.) que una vez vistos no pueden quitarse de la mente en un camino directo hasta la locura. El Borges se conmueve ante lo inevitable y comprende que ya no tiene escapatoria, aunque siente un poco de desilusión ante el hecho de haber sido para él tan sólo una moneda de veinte centavos. Un tiempo después se entera que la hermana de Teodolina terminó sus días en un neuropsiquiátrico obsesionada por una moneda. El cuento finaliza con un Borges personaje preanunciando su final y reflexionando sobre el.

La escritura de Dios:

Tzinacán es un mago de un antiguo imperio prehispánico; se encuentra en una cárcel circular con un muro diametral, el cual posee una ventana longitudinal a ras del piso. De un lado está él y del otro un jaguar. A ambos les dan carne y agua a través de cubetas arriadas e izadas por una roldana que se depositan a ambos lados. Tzinacán cuenta cómo los conquistadores lo torturaron para que confiese el lugar oculto de un tesoro luego de haberlo echado del poder y de haber sometido a su reino. Años de cautiverio lo llevaron a matar el tiempo con recuerdos que se apoderaron del mago, sobre todo el de uno de sus dioses que escribió una sentencia mágica de manera que llegara incólume a todas las generaciones venideras y que sólo podría ser leída por un elegido. Nadie sabía dónde ni cómo la escribió. La esperanza de poder intuir el párrafo secreto, dado que era el último de sus sacerdotes, lo mantuvo vivo. Pensó en casi todos los elementos del universo (montañas, cielo, mares, etc.) pero ninguno podía ser el símbolo buscado pues todos mudaban alguna vez su forma. Se dio cuenta que el jaguar era un atributo de aquél Dios y comprendió que en su piel estaría la llave; estudió y buscó la lógica de las manchas. Borges reflexiona sobre los sueños y sobre la ley de la causalidad infinita. Luego de un pesadilla tortuosa Tzinacán despierta y logra ver una rueda de fuego y agua y comprender toda la divinidad y el mensaje secreto; puede pronunciarlo y ser todopoderoso pero decide dejarse morir pues una vez que se conoce el enigma del universo no puede pensar en un hombre, como un hombre.



Abenjacán el bojarí – muerto en su laberinto:

Abenjacán era el rey de una tribu nolítica quien murió en su casa, que era un laberinto, a manos de su primo. La casa era vigilada por un esclavo negro y un león y guardaba un tesoro. La narración se da entre dos hombres que van hacia el lugar de los hechos. Abenjacán construyó su casa laberíntica para escándalo público y la habitó con su primo, su siervo y el felino. Envidioso de la valentía de su primo una noche lo asesinó con su daga e hizo que el esclavo le destrozara la cara con una roca llevando el cadáver en barco a otras tierras; soñó que el primo muerto le decía que lo borraría como él había hecho con su persona. Abenjacán se instaló en el centro de su casa y nunca más se lo vio. Cada barco que llegaba a puerto era visitado por el esclavo negro para comprobar que en él no venía el fantasma del primo asesinado. Tres años pasaron hasta que un día Abenjacán salió de su hogar espantado, sosteniendo que su primo había regresado y matado a su siervo y al león; las autoridades se movieron incrédulas y temerosas hasta que una vez que partió el barco fueron a comprobar los dichos del antiguo rey. El león y el esclavo estaban muertos al igual que Abenjacán, con el rostro destrozado, tirado al lado de un cofre vacío. La historia resultó inverosímil para uno de los personajes que dedicó toda la noche y creyó haber descifrado el misterio y concluyó que en realidad el primo robó el tesoro junto al esclavo; huyeron y construyeron una historia para que Abenjacán supiera donde buscarlos, desprevenido al saber a su primo un cobarde, y así poder terminar la tarea con un homicidio. Su primo lo mató por la espalda y luego haría lo propio con el esclavo y el león para huir con la identidad robada a un rey valiente.

Los dos reyes y los dos laberintos:

Un rey de Babilonia mandó a construir un laberinto tan intrincado que nadie se atreviera a ingresar en él, y así lo hicieron. A sus tierras llega un rey árabe y el babilónico lo hizo entrar con engaños a su obra. El árabe, lógicamente, se perdió, confundido y dolido por el embuste, aunque, luego de rezar halló la salida. Ni siquiera se mostró enojado, mas invitó al rey de Babilonia al laberinto que él poseía en tierras árabes. Poco tiempo después arrasó con su ejército el reino babilónico y tomó prisionero al rey embaucador, lo llevó a su laberinto sin puertas ni muros que poseía el rey de Arabia: el desierto.

La espera:

Un hombre llega en coche a un pueblo del noroeste y se instala en un hotelucho. La dueña del mismo le pregunta su nombre y él da el del enemigo. Taciturno, circunspecto, era evidente que quería pasar desapercibido, y así lo hizo durante mucho tiempo, a la espera de algo. Y sumergido en ella soñó una y mil veces que entraba su enemigo con otros y lo mataban en esa cama que hoy habitaba. Una y mil noches contempló en sueños la cara de sus asesinos hasta que una mañana despertó al oír gente abriendo la puerta del cuarto, miró como en sueños (no tan claros por cierto) y se dio vuelta en la cama como para continuar durmiendo y así lo hizo, para siempre, luego de la descarga.

Continúa leyendo la quinta y última parte » Argumento de los cuentos de “El Aleph”; Epílogo


Humberto Quiroga Lavie

Nací en Buenos Aires. Fue el 10 de noviembre del año 36 del siglo XX. Ese día murió José Hernández, curiosa circunstancia: la tradición ha acompañado mi vida. Mi padre fue Noé Humberto Quiroga, un ingeniero que pavimentó, a diestra y siniestra, muchos caminos de la querida patria. Mi madre fue Angélica, un ángel simple, que enfermó cuando me ausenté de su lado para estudiar derecho en la ciudad capitalina. Lavié fue su apellido: no dejes de usar el apellido de tu madre pues a ella le debes la vida. Es por eso que me conocen como Humberto Quiroga Lavié.

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