En la mitología griega “Circe” es una diosa hechicera, hija de Helios, el titán preolímpico del Sol, y de Oceanide Perseis. Circe vivió míticamente en la Isla de Eea. Sus hermanos fueron Eetes, rey de Colquidia y Pasifae.
Homero relata en la Odisea que Circe vivía en una mansión de piedra, dentro de un gran bosque. Allí la diosa realizaba sus encantamientos transformando a las personas que secuestraba en animales. Agrega Homero que Odiseo logró hacerse de hierbas que lo protegieran del encantamiento. Finalmente el relato señala que Circe se enamora de Odiseo. Por su parte Hesiodo, en su Teogonía, nos dice que Circe tuvo tres hijos de Odiseo, llamados Agrio, Latino y Telégono, quien llegó a ser gobernante de los etruscos. Este fantástico relato culmina con la indicación de que Circe también purificó a los argonautas por la muerte de Apsino, pero se agrega que la versión puede tratarse de una tradición arcaica.
En historias posteriores se relata que Circe transforma a Pico en pájaro carpintero por rechazar su amor, y a Escila en una criatura monstruosa con seis cabezas de perro, cuando Glauco, también le declara su amor a la diosa.
Circe paseaba su hermosura por el prado. Era como un desafío natural. Una provocación al bello paisaje. Quién triunfaría: la esbelta figura, su gracia, el mirar exquisito, o la grandiosa presencia de la naturaleza convertida en verde pradera. Todo un desafío avasallante. Circe no era un vasallo dispuesto a entregar su belleza a la agresiva presencia de Brunilda. Su virginidad era más fuerte que el espíritu guerrero de ese ser vengativo. Esperaba, sí, poder transformar con sus artes mágicas, su atesorada virginidad en su antiguo sueño: convertirse en madre sin ser tocada por ser alguno.
La hermosa hechicera confiaba que Glauco, en su condición de divinidad marina, bañara su embarazo mientras durara. Deseaba abandonar, una vez al menos, esa pérfida maldad que acompañaba su vida. No deseaba ser madre de un hijo convertido en cerdo, con mentalidad humana. Esa degeneración natural practicada por Circe sin vergüenza alguna, quedaría lavada por Glauco el día del alumbramiento.
La luz del día que anunciaba el nuevo ser, no podía venir de los infiernos. No se trataba del nacimiento de Eurídice, famosa por haber sido la esposa de Orfeo. No se trataba de una ninfa del mar. El mar lavaría el camino del ser naciente para proyectarlo como ser humano, no como demonio. No había lugar para una nueva harpiada, como ser de maldad. Sobre esto la bella madre no deseaba polemizar. Polemos no estaba convocado como Dios de la polémica.
Para mayor seguridad Circe convocó a Apolo, el hacedor de los oráculos de Delfos, con el objeto de obtener certeza. La respuesta de este dios fue ponerla en manos de una pitia délfica, es decir de una sacerdotisa encargada de realizar el fino trabajo. La pitia aventuró su pronóstico: estaba garantizada la intervención de Priapo, el dios mitológico de la fecundidad. De no ser ello cierto la bella maga estaba decidida a sacrificar a su monstruoso hijo, entregándoselo a Moloch, divinidad amonita encargada de sacrificar a los niños. Un hierofante acompañaría la ceremonia.
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Circe quería volar en sus ensoñaciones. Aspiraba realizar el mito de Ícaro, quien fuera el primer hombre en la historia de la humanidad que intentó la navegación aérea. Sabía que Ícaro había huido de Creta, tirándose de una montaña con unas alas pegadas con cera a su cuerpo. El sol derritió la cera, cayendo el volador al mar. Entonces Circe optó por volar sin caer al mar. De la mano de Orfeo hizo de la poesía y de la música el sino de su nueva vida. Pudo, de ese modo, enseñarle a su hijo a cantar y a convertirse en poeta.
El fervor poético de Circe hizo que convocara a Pallas Atenea, el dios de los consejos. El primer consejo que dio dicho dios fue que la madre se iniciara en los misterios de la religión grecorromana. Sería un mistagogo, es decir un sacerdote sapiente en la materia, el encargado de cumplir con la formación ética religiosa, de la ahora buena madre y de su hijo.
Así lo hicieron. El mistagogo se preocupó de enseñarles el camino del mal, para que ellos supieran evitarlo. Por ejemplo nunca tener relaciones íntimas con animales, como le ocurriera a Parsifae, quien por hacerlo con un toro dio lugar a que naciera el monstruo conocido como el Minotauro. En el mismo sentido les indicó que nunca debían favorecer el predominio de lo animal sobre lo espiritual. También les enseño huir de la venganza como práctica de vida: no hacer lo del héroe de la mitología griego Perseo, quien se vengó de Medusa, decapitándola. No menos importante fue el consejo a ambos de que profundizaran el conocimiento de la vida de Prometeo, dios del fuego, quien en la mitología griega aparece como la fuerza de la razón sobre la fuerza bruta.
Circe estaba entusiasmada. Progresaba día a día por el camino del saber. Su entusiasmo llegó al sumo cuando se enteró quien era Dios: no algo diferente a “la esencia de las esencias”. Es decir el creador del universo, es decir el infinito. De este modo la bella madre se apartó de todo gnosticismo, es decir de la posición religiosa que pretende tener un conocimiento intuitivo y misterioso de las cosas divinas, al margen del saber esencial. A su tiempo Circe se fue inclinando hacia la simplicidad, por ese camino llegó a preferir al dios Saturno, de la mitología romana, por ser más simple y más humano que el Cronos griego, dios más complejo.
En ese caminar hacia el saber, Circe se encontró con Isis, la diosa que representa el principio femenino de la naturaleza. Ello la llenó de alegría, sobre todo cuando tuvo conocimiento que esta diosa era la más venerada entre los antiguos egipcios. Esta circunstancia hizo que Circe se esmerara por alejarse de Erebo, quien en la mitología griega representa a las tinieblas infernales. Sin olvidar, por cierto, que para Homero el conocido Erebo era considerado como el lugar de la expiación de las faltas. Pero Circe no se sentía culpable de su pasado, como para tener que apelar a expiación de ninguna naturaleza. Por el contrario, ella se puso muy contenta cuando descubrió que Zeus era el dios que tenía a su cargo fulminar a la impaciencia, también el arrebato juvenil, con el objetivo de lograr la restauración del equilibrio. Este aprendizaje le sirvió mucho a Circe para la formación de su hijo.
Esa formación ganó encantamiento cuando la bella madre tuvo conocimiento que a Perséfone, hija Zeus y Deméter, se le abrió la tierra mientras estaba recogiendo flores. Entonces, apareció Hades, rey subterráneo, quien raptó a Perséfone, para que reinase con él en los infiernos.
Por Humberto Quiroga Lavie
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*Hemos tenido a la vista para realizar este breve relato, las notas del libro “Paradiso” del gran escritor cubano José Lezama Lima, donde el autor hace referencia a dioses de la mitología griega. Se trata también de un homenaje a quien fuera, según la valoración de Carlos Fuentes, uno de los más grandes escritores latinoamericanos del Siglo pasado. También hemos tenido a la vista la nota ofrecida por Google, a través de Wikipedia.

Nací en Buenos Aires. Fue el 10 de noviembre del año 36 del siglo XX. Ese día murió José Hernández, curiosa circunstancia: la tradición ha acompañado mi vida.
Mi padre fue Noé Humberto Quiroga, un ingeniero que pavimentó, a diestra y siniestra, muchos caminos de la querida patria. Mi madre fue Angélica, un ángel simple, que enfermó cuando me ausenté de su lado para estudiar derecho en la ciudad capitalina. Lavié fue su apellido: no dejes de usar el apellido de tu madre pues a ella le debes la vida.
Es por eso que me conocen como Humberto Quiroga Lavié.



2 respuestas
esta muy bien gracias!!
mentira broma esta mal!!