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cuadro de San Francisco de Asis

Francisco, antes de ser conocido como San Francisco de Asís, fue hijo de Pietro Bernardone de Moriconi y de Pica Bourlemont: se trataba de una familia de buena fortuna. Tuvo un hermano llamado Angelo: ambos nacieron en Asís. Francisco fue de joven un romántico amante de los cánticos trovadores, pero se preocupó por aprender latín. Su juventud fue despreocupada, afecto a dar pródigas limosnas a quien se lo solicitaba. Se fue haciendo ambicioso de tener poder.

Las autoridades de Asís enviaron a hacer la guerra al joven Francisco, enfrentando a Perugia. En noviembre de 1202 fue hecho prisionero, quedando cautivo al menos un año. Viajando como guerrero, por el año 1205, escuchó una noche una voz que le indicó volver a su natal Asís. Allí se convirtió en persona solitaria y meditativa, desapegado de los atractivos terrenales.



En esas estaba el joven cuando sus amigos le preguntaron si pensaba en casarse. Francisco les contestó afirmativamente, que lo haría con una mujer noble y rica, llena de bondad.  Esa mujer resultó ser “la Pobreza”. Comenzó su tiempo de entrega: convivió con leprosos y se preocupó por trabajar en la reconstrucción de la capilla de San Damián. A tal fin vendió su caballo y el resto de sus pertenencias. Su severo padre lo reprendió por todo ello y dispuso su encierro en un calabozo, pero su madre lo liberó. Fue entonces cuando Francisco, el “poverello de Asís”, quedó para siempre vinculado con la Iglesia. Vivía vestido con harapos. Y comenzó a reclutar discípulos, que llegaron a ser once: Bernardo de Quintavalle, Pedro Catani, Bernardo Vigilante, Juan de San Constanzo, Angelo Tancredo, Felipe y Giovanni de la Capella, y otros cuatro conocidos como Gil, Morisco, Bárbaro y Sabatino. Ese grupo viaja de dos en dos predicando la pobreza.

Creación de una nueva Orden: La hermandad de los Pobres según San Francisco de Asís

Corría el año 1209 cuando Francisco le pidió al Papa Inocencio III, autorización para crear una Orden, que se llamaría “La hermandad de los pobres”. Luego de larga insistencia Francisco logró la autorización de la Orden y de sus Reglas correspondientes.

Con el tiempo el número de los frailes integrantes de la Orden, conocida como Orden Fratrorum Minorum, fue en aumento, tanto en Italia como en el sur de Francia, así como en los Reinos de España. La práctica común era establecer ermitas en las afueras de las ciudades. La humildad fue siempre su símbolo: cuando se le ofreció instalar “cardenales” que representaran a la Orden, Francisco respondió negativamente, diciendo: “Mis hermanos son frailes menores, no intentan convertirse en mayores. Su vocación les enseña permanecer siempre en condición humilde”

A partir de 1209 Francisco viajó al Oriente, pasando por Chipre, San Juan de Acre y Damieta, donde se encontró con los Cruzados. Francisco les previno que había sido alertado por Dios, y que no realizaran ataque alguno. Pobreza y Paz eran los lemas fundamentales de la Orden. Los Cruzados se rieron de él y, en la próxima batalla, ellos cayeron derrotados por no escuchar a Francisco.

La misión de ese viaje fue convertir a los musulmanes. Se tuvo que enfrentar a los sarracenos, resultando golpeado. Más adelante Francisco viajó a Siria y Tierra Santa.

Por el año 1224 Francisco y la Orden vivieron instancias de notable suceso.  Se ausentó al llamado Monte Alvernia, donde pidió que se le construyera una suerte de celda, donde Francisco se aisló para orar en soledad. Sus seguidores lo escuchaban lamentarse y entregado al ayuno, a pan y agua, que duró cuarenta días. Uno de los discípulos de Francisco, llamado León, ha relatado que fue testigo de la aproximación y alejamiento de una bola de fuego que bajaba del cielo. Francisco le comentó a León que algo grande estaría por ocurrir. Juntos abrieron el misal tres veces, siempre al acaso, y siempre se abrió en la historia de la Pasión de Jesús. Entonces Francisco le pidió a Jesús “sentir lo que fue su pasión y una enfermedad larga con una muerte dolorosa”.



San Buenaventura relata, en su Leyenda de San Francisco, que el mismo Nazareno se le presentó crucificado a Francisco, rodeado de seis alas angélicas y le imprimió las señales de la crucifixión, en las manos, los pies y el costado. Posteriormente los hermanos de la orden vieron los estigmas en el cuerpo de Francisco, que los conservó hasta el resto de su vida. Pero Francisco tuvo vergüenza de portar los estigmas, por eso cubrió siempre su cuerpo (relato de Martín Royo en Teología de la Perfección Cristiana, pág. 1040. Ed. Por Biblioteca de Autores Cristianos).

Según San Buenaventura, “el aspecto de los clavos (en las heridas) era negro, parecido al hierro, más la herida del costado era rojiza, y formaba, por la contracción de la carne, una especie de círculo, presentándose a la vista como una rosa bellísima. El resto de su cuerpo, que antes, tanto por la enfermedad como por su modo natural de ser, era de color moreno, brillaba ahora con una blancura extraordinaria. Los miembros de su cuerpo se mostraban al tacto tan blandos y flexibles,  que parecía haber vuelto a ser tiernos como los de la infancia…”. (Leyenda Mayor de San Francisco 15.4.).

Esta vida de San Francisco de Asís ha sido el modelo de vida de Jorge Bergoglio, el Papa Francisco. Solamente que nuestro Francisco no se equivocó en haber buscado el poder en esta tierra, cosa que no hizo San Francisco, para poder desde el Papado, llevar adelante una política a favor de los pobres de todo el mundo.





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Humberto Quiroga Lavie

Nací en Buenos Aires. Fue el 10 de noviembre del año 36 del siglo XX. Ese día murió José Hernández, curiosa circunstancia: la tradición ha acompañado mi vida.
Mi padre fue Noé Humberto Quiroga, un ingeniero que pavimentó, a diestra y siniestra, muchos caminos de la querida patria. Mi madre fue Angélica, un ángel simple, que enfermó cuando me ausenté de su lado para estudiar derecho en la ciudad capitalina. Lavié fue su apellido: no dejes de usar el apellido de tu madre pues a ella le debes la vida.
Es por eso que me conocen como Humberto Quiroga Lavié.

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