Camus nació en 1913 en Argelia (hijo de colonos franceses) y murió en Francia cuarenta y siete años más tarde en un accidente automovilístico (dos días antes había dicho que no había nada más estúpido que morir en un accidente de automóvil); en 1957 se le concedió el premio Nobel de Literatura y es considerado uno de los escritores más influyentes del mundo. Cambió la visión de occidente a través de obras como El extranjero, El mito de Sísifo, Calígula, La caída, El hombre rebelde, Estado de sitio, El exilio y el reino y El primer hombre (inconclusa).
La Peste ve la luz en el año 1947, y es una proclama de los valores de una humanidad que parece haberlos olvidado. El propio Camus se encargó de evitar su encasillamiento en una y otra corriente literaria; de hecho, él mismo se autodenominó “absurdista”, cuya línea ponía acento justamente en lo ilógico e incomprensible de la condición humana. La novela se estructura en nueve partes, escritas de forma lineal, con un lenguaje simple y con la utilización de vastos recursos literarios. Camus fue un filósofo y un novelista eximio, reconocido así por la Academia Sueca, pero además fue un hombre de profundo compromiso y convicciones que subyacen en toda su obra. En La Peste rescata la lucidez y la pasión humana; en toda su creación eleva la voz contra la propaganda rusa (uno de los pocos que lo hizo), contra el comunismo en conjunto y la tormenta nazi, aunque luchó también contra el materialismo y el individualismo.
La peste refiere a una epidemia de infección bubónica ocurrida en Orán durante la Segunda Guerra Mundial, que todavía continuaba siendo colonia francesa.
Contexto histórico de La Peste
Camus nació y estudió letras en una colonia francesa y allí vio la peste bubónica cobrarse innumerables víctimas. Su padre murió cuando Albert era muy niño, en la batalla del Marne. A su vez, Camus traza un paralelo entre los vectores de la enfermedad: las ratas, y los nazis, que están invadiendo Europa.
Camus vivió en Argelia y allí estudió hasta que la tuberculosis le impidió continuar. Fue protagonista del convulsionado mundo que le había tocado en suerte; el surgimiento del comunismo (fue miembro del partido), el nacimiento del partido nazi, las consecuencias de Versalles; el inicio y el final de la Segunda Gran Guerra, las alianzas y las traiciones. En Argelia sufrió la proscripción de su diario y la imposibilidad de conseguir trabajo. Una vez en la Francia de su padre, ocupada por los alemanes y dividida, fue parte de la resistencia. Allí participó en el diario Paris Soir. Desarrolló un humanismo desde el absurdo opuesto al cristianismo, al existencialismo ortodoxo sartriano y a toda aquella filosofía que abandonaba lo humano como eje central. Nunca quiso ser enrolado en corriente filosófica o literaria; el humanismo, el existencialismo o cualquier ismo que desconozca la esencia de la humanidad no quería que le cupiera como sayo.
Argumento de «La Peste»
En la década del cuarenta una plaga de ratas asola la ciudad de Orán. Rieux es un médico, protagonista central de la trama, que ve por primera vez algunas alimañas en la puerta del edificio; a los pocos días muere el portero del mismo y los rumores de una invasión de roedores se han extendido como reguero de pólvora, lo que provoca el caos general. Cuando las muertes se suceden sin tregua y se declara la peste, Rieux encuentra la ocasión propicia para encontrar un sentido a su profesión y a su juramento hipocrático en la solidaridad hacia las víctimas de la epidemia. Rieux visita, con las estadísticas de casos y muertes, a Grand, empleado del ayuntamiento encargado de llevar la cuenta de los decesos, quien momentos antes salvó del suicidio a Cottard, un hombre perseguido por la justicia que se alegra de la llegada de la enfermedad. Los personajes quedan atrapados en una ciudad en cuarentena, en lucha contra el miedo a la muerte, donde se muestra cada uno de ellos en sus facetas esenciales. El bloqueo completo de la ciudad separa familias enteras. Un periodista francés de nombre Rambert que intenta obtener una nota con Rieux al principio de la obra, es víctima de la desesperación e intenta huir del encierro.
En tanto, los ánimos son agitados por el sacerdote Paneloux, hombre terco y ortodoxo que justifica la peste bajo el argumento de los pecados que pesan sobre los habitantes de Orán y que, con la resignación y la parálisis propia de la religión, entiende que cada uno recibirá lo que merezca. Obviamente el encierro, el alejamiento de los seres queridos, la muerte de ellos y la propia desventura, afectan fuertemente a cada uno de los personajes. Transcurre así la vida y la muerte, en convivencia más directa que nunca, en los restaurantes, bares y lugares públicos donde las miserias y las virtudes se piden permiso.
Rambert sigue buscando la forma de escapar del sitio y Cottard pretende ayudarlo, mientras se unen, junto al párroco, al grupo de voluntarios organizado por un personaje pensante e inteligente: Tarrou. Se decide incinerar los cuerpos de las víctimas, cada vez más numerosas. Rambert consigue los medios para huir pero a último momento decide quedarse para ayudar a Rieux y los suyos. Se crea un suero para la enfermedad pero fracasa. Paneloux muere luego de un sermón memorable; un día, los afectados por la peste dejan de morir aunque Tarrou no logra escapar. Al final, la peste desaparece de la misma forma enigmática y veloz como se presentó y los sobrevivientes retornan a sus seres queridos y a su vida normal. La ciudad abre sus puertas a un viejo mundo que ya no será el mismo para los protagonistas de la odisea.
Conclusión
La obra arroja una nueva visión sobre el hombre ante las calamidades y las diversas esencias que lo conforman; es una proclama sobre el triunfo de ciertos valores de una sociedad sobre otros. Un texto moralizador que atrapa al lector con una prosa sencilla pero profunda; una visión humanista en contra del individualismo y el materialismo, en la que se mezclan concepciones claras sobre la autorrealización, la solidaridad, la miseria, la muerte y la vida.

Nací en Buenos Aires. Fue el 10 de noviembre del año 36 del siglo XX. Ese día murió José Hernández, curiosa circunstancia: la tradición ha acompañado mi vida.
Mi padre fue Noé Humberto Quiroga, un ingeniero que pavimentó, a diestra y siniestra, muchos caminos de la querida patria. Mi madre fue Angélica, un ángel simple, que enfermó cuando me ausenté de su lado para estudiar derecho en la ciudad capitalina. Lavié fue su apellido: no dejes de usar el apellido de tu madre pues a ella le debes la vida.
Es por eso que me conocen como Humberto Quiroga Lavié.



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